Nunca antes, el mundo entero se había detenido y menos por una causa en común, nunca antes la humanidad ha reducido el «hacer» para aumentar el tiempo del «pensar», con la fuerza que da hacerlo en simultaneidad y en el entorno que más nos conecta con la tranquilidad, nuestra familia.

Siempre estábamos demasiado ocupados para detenernos y plantearnos mejorar, y aunque la pausa no ha sido por iniciativa propia, parece que sí compartimos la voluntad de permanecer aislados el tiempo que haga falta.

Durante este periodo indefinido de aislamiento, necesitamos más que nunca una economía alternativa, sostenible y evolutiva, creo que la única economía que importa en cualquier situación de crisis es la que nuestro cerebro puede generar. Es el momento y espacio ideal para identificar y sentir qué es lo esencial, lo que vale, lo que realmente cuenta y trabajar por ello.

Y como dice una canción, “cuando nos volvamos a encontrar…” quizás hayamos aprendido como grupo, equipo, organización y humanidad:

– Que la participación de todos es necesaria para la consecución de resultados finales y es la fuerza del grupo (esta pasa por encontrar un nexo común) la que nos permitirá el logro de objetivos complejos.

– Que debemos desarrollar una interdependencia positiva en la que cada uno sea responsable de su trabajo, pero entendiendo que es el trabajo con otros lo que potencia nuestras capacidades y nos hace mejores.

– Que somos de naturaleza resistentes. Podemos superar dificultades, crisis, heridas, liberarnos de hábitos destructivos y aprovechar nuestras fortalezas y neuroposibilidades.

– Que debemos creer más en las actitudes que en los métodos. Los métodos pueden ser modas, las actitudes forman parte de nuestro carácter y en tiempos de dificultad nuestro carácter permanece firme y estable en el tiempo.

– Qué en tiempos de tensión, los conflictos interpersonales surgen con facilidad y lo primero que se hace frágil son nuestros vínculos. En estos momentos nuestras interacciones son esenciales, debemos poner especial atención a cómo nos tratamos, cómo nos hablamos. Una comunicación idónea, un trato amigable, con un apoyo reflexivo y sostenido, puede ayudarnos y ayudar a otros (nuestros compañeros) a desarrollar la energía que se necesita para avanzar y superar la dificultad.

– Que se trata de acciones intencionadas, y seremos conscientes, como nunca, de que es nuestra capacidad de autogestión, de autorregulación la que nos va a permitir organizar nuestra conducta para optimizar nuestra capacidad de respuesta, y esto implica liberarnos de conductas automatizadas y activar nuestra voluntad a darlo todo, pues como alguien dijo, “quien no lo dé todo, no habrá dado nada”.

– Que la única forma de evolución organizacional es posible si, y solo si, los miembros que la conforman están dispuestos a evolucionar y transferir su desarrollo y sus capacidades al grupo, del grupo a la organización y de la organización al mundo, ratificando que el bienestar individual está inexorablemente ligado al bienestar de todos.

– Que solo nosotros, con nuestra inteligencia (no la artificial) somos los guardines de nuestro futuro y que sí debemos transformarnos, pero esta vez no será una transformación sin reflexión como la que se nos ha venido imponiendo.

– Y en definitiva, que el único tiempo que cuenta es el que llevamos dentro, que cuando recordemos (volvamos a pasar por nuestro corazón) estos momentos, nos sepamos dignos de haberlos vivido, pues el aprendizaje habrá sido incalculable.

Esperanza Martínez